La Newsletter de Violetas las flores

Una vez al mes escribo cartas en las que uno mis impulsos de aire y tierra.

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    La incertidumbre: apuntes de una viajera intentando echar raíces.

    La confirmación de los primeros casos de Covid 19 en Uruguay el pasado 13 de marzo, nos sumergió en una especie de embudo de tiempo y espacio amorfo e infinito. Empiezo por la fecha porque necesito encontrar un orden, aunque solo sea en esta narración. Continúo mencionando que era un viernes, porque me urge develar símbolos que funcionen de promesa de que todo esto tiene un sentido. 

    Ese día nos unimos al calendario multidimensional que ya estaban viviendo en tantas partes del mundo y en el que poco a poco y de un día para el otro, nos encontramos todes. Las nuevas coordenadas, a mi entender, son: la fragilidad y lo importante, que sustituyen a las del tiempo y el espacio. Y lo que se organiza, ya no es la Historia de la humanidad, sino la incertidumbre de la misma. 

    Que no controlamos nada no es una novedad. Que lo único seguro es la muerte, tampoco. Pero hay una diversidad de mecanismos, obligaciones y placeres cotidianos que alimentamos y nos sirven como distracciones vitales. Esos pequeños detalles son los que dan sentido a nuestras vidas. Incluso cuando nos alejan de nuestros deseos más fuertes. Son los que nos sitúan y nos ordenan. Son los que perdimos en este contexto. 

    Ahora (el único tiempo posible) se nos instaló una lupa gigante sobre absolutamente todo. Ahora no contamos con un futuro. O mejor dicho, la posibilidad de futuro se muestra como siempre fue: una posibilidad. Entonces, todas las fragilidades personales y colectivas se nos presentan de frente, nos caemos en ellas, tienen una luz led inagotable que las ilumina en todas las oscuridades y con todas las luces. Si hacemos un poquito de zoom en la lupa, descubriremos que esas mismas fragilidades pueden ser un mapa hacia las cosas realmente importantes. 

    De esta forma, nuestro marco de anclaje a la vida queda expuesto, como cuando nos lastimamos y vemos qué hay debajo de la piel. Nuestros recursos, la forma en que los cuidamos y organizamos; las personas que nos acompañan y a quienes acompañamos (¿lo hacen?, ¿lo hacemos?); la forma en que habitamos nuestro cuerpo y nuestro tiempo; en dónde disponemos nuestra atención; dónde o en quién(es) depositamos nuestra autoridad y confianza (¿cómo se ejercita?, ¿a cuántas personas involucra?, ¿todes tienen voz y voto?); las cosas que cuidamos y las que dejamos morir (cosas que pueden ser proyectos, personas, plantas, sueños y tanto más). 

    Desde ese viernes 13 la palabra que lo nombra todo es “incertidumbre”. En un esfuerzo por elegir algo y sentirme un poco autora de lo que sucede, intento narrarla. Para eso me remito al momento en que la sentí tan presente como ahora: la vez que decidí salir de viaje por tiempo y con itinerario indeterminado. Quizás esa experiencia pueda darnos algunas pistas para atravesar este momento tan extraño. 

    El primer descubrimiento que me maravilló tanto como me abrumó en el viaje, fue la conciencia del tiempo más allá de cualquier parámetro. El tiempo era tanto de la rutina, los relojes, las iglesias, las estaciones, como mío. Podía vivirlo cómo quisiera. Incluso inventar nuevas formas. Incluso no hacer nada.

    También empecé a identificar la semilla creativa que se escondía en cada imprevisto y sensación de miedo o ansiedad. Que de la parálisis o el silencio, podía nacer algo fértil y abundante.

    Y lo más potente fue descubrir que todo el tiempo y en todas las situaciones existe la posibilidad de elegir algo, aunque sea lo más mínimo. 

    La sumatoria de estos tres tesoros, me evidenció mi privilegio mayor: el experimentar la vida que deseaba con los ojos abiertos. Lo que incluía ser consciente de todas las cosas que no me gustaban de mí y del mundo. En ese sentido, también sentía la lupa sobre lo frágil y lo importante. La gran diferencia con la situación actual está en que había elegido viajar con todos los misterios e incertidumbres que eso traía. 

    Hay una esperanza (que se transforma en miedo de acuerdo al día) común a ambos momentos: lo que venga después de esto no puede ser igual a lo de antes. Es la oportunidad para hacer las cosas de manera diferente. Ojalá de forma más colectiva y amorosa. Pero seguro diferente. No perdamos las nuevas referencias de lo frágil y lo importante. Continuemos nuestra narración reconociendo lo incierto y habitando un tiempo y un espacio en donde haya lugar para todas las voces. Las verdaderas. 

    Es momento para escuchar lo que se escucha y decir lo que se dice, con todos los matices posibles. Es momento de integrar la lupa. Parar y escucharnos. Descansar, si es que podemos. Elegir las palabras. Crear nuevas formas de abrazarnos.

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